El Diputado Nacional libertario Manuel Quintar volvió al centro de la escena pública jujeña con polémicas declaraciones sobre la Fiesta Nacional de los Estudiantes. Lo hizo con comentarios que se interpretaron como clasistas y discriminatorios, lo que generó un rechazo que lo obligó a salir rápidamente con un comunicado aclaratorio. Sin embargo, lejos de disipar la polémica, sus explicaciones terminaron exponiendo una contradicción cada vez más evidente dentro del discurso libertario local.
En su descargo, Quintar volvió a reclamar transparencia en el Ente Autárquico Permanente, una exigencia que, en principio, resulta completamente legítima. Cualquier organismo que administre fondos públicos debe rendir cuentas y garantizar que la ciudadanía conozca cómo se utilizan esos recursos.
La pregunta aparece cuando se observa la otra cara del planteo. Porque mientras Quintar exige explicaciones sobre el manejo del Ente, guarda silencio respecto de la situación del PAMI en Jujuy, organismo bajo su órbita política y cuya gestión viene siendo cuestionada por recortes, deudas con prestadores y el deterioro de servicios esenciales para miles de afiliados.
Entonces surge una inquietud elemental: ¿la transparencia es un valor universal o una herramienta para cuestionar únicamente a los adversarios? Porque si el estándar es válido para el Ente, también debería aplicarse al PAMI. No puede haber auditorías para unos y silencio para otros.
La obsesión libertaria con el «wokismo»
Pero Quintar va más allá de la cuestión administrativa. En su argumentación aparece una de las obsesiones favoritas del universo libertario: la lucha contra el supuesto «wokismo».
Según su mirada, la Fiesta Nacional de los Estudiantes habría sido capturada por una agenda ideológica vinculada a las cuestiones de género. Bajo esa lógica cuestiona el paso de «reinas» a «embajadoras», los espacios de reflexión sobre derechos y diversidad, e incluso la incorporación de certámenes masculinos como el tradicional Paje 10.
La contradicción es evidente. Mientras denuncia una supuesta imposición ideológica, Quintar intenta imponer su propia visión de cómo debe ser la Fiesta, qué temas pueden discutirse y cuáles deben quedar excluidos.
La discusión que busca esquivar
Sin embargo, el problema principal no pasa por la terminología, ni por las embajadoras, ni por las batallas culturales.
La verdadera pregunta es por qué Quintar elige discutir esos temas mientras la situación material de la juventud empeora.
Después de todo, fueron los jóvenes uno de los principales motores electorales que llevaron a Javier Milei a la Presidencia en 2023. Fueron ellos quienes escucharon promesas de prosperidad, movilidad social, oportunidades y un futuro mejor.
Pero la realidad que hoy enfrentan miles de jóvenes argentinos está muy lejos de aquellas promesas.
Desempleo, precarización laboral, endeudamiento creciente, dificultades para sostener estudios universitarios, aumento del costo de vida y deterioro de la salud mental conforman un panorama cada vez más complejo.
Diversos estudios muestran que cerca de siete de cada diez jóvenes se encuentran desempleados, inactivos o en condiciones laborales precarias. Al mismo tiempo, el endeudamiento juvenil alcanza niveles récord y cada vez más estudiantes abandonan sus estudios porque ya no pueden afrontar los costos de transporte, materiales o vivienda.
Mientras tanto, los salarios corren detrás de aumentos constantes en servicios esenciales como transporte y energía.
Esa es la discusión de fondo.
Menos oportunidades, más castigo
A ello se suma otro fenómeno preocupante: la respuesta oficial del gobierno nacional frente a muchos de los problemas de la juventud ha estado más orientada al castigo que a la inclusión.
La reducción de la edad de punibilidad a 14 años sintetiza esa lógica. En lugar de abordar las condiciones estructurales que producen exclusión, pobreza y vulnerabilidad, la solución se orientó hacia una mayor intervención punitiva del Estado.
El resultado es conocido: se persigue a los sectores más vulnerables sin resolver las causas que originan los problemas.
En lugar de garantizar derechos, se administran consecuencias.
Cuando dicen que no hacen política
Quizás la frase más paradójica de toda esta polémica sea aquella según la cual hay que «dejar de hacer política con los jóvenes».
Porque, como señalamos anteriormente, pedir que se deje de hacer política es, literalmente, hacer política.
No existe un lugar neutral desde donde pronunciar semejante afirmación. Quien la formula también está disputando sentidos, valores e interpretaciones sobre la realidad. También está intentando definir qué rol deben ocupar los jóvenes en la sociedad y qué debates son legítimos.
La diferencia es que algunos asumen abiertamente su posición ideológica y otros intentan presentarla como sentido común, como Quintar.
Y allí aparece la mayor contradicción del blondo diputado. Mientras denuncia la utilización política de la juventud, forma parte de un espacio que convirtió precisamente a los jóvenes, especialmente a los varones jóvenes, en uno de los principales objetivos de su estrategia electoral.
Por eso el problema no es que exista política en la Fiesta Nacional de los Estudiantes, de hecho nacio así. La política siempre estuvo presente. La verdadera discusión es qué proyecto se les ofrece a la juventud y qué respuestas reciben frente a problemas concretos.
Porque mientras algunos siguen con su cortina de humo «anti-woke» entre embajadoras, carrozas y elecciones estudiantiles, miles de jóvenes continúan enfrentando problemas bastante más urgentes como encontrar trabajo, ver sí se puede acceder a una carrera universitaria, pagar sus deudas, llegar a fin de mes, pagar los boletos y construir un futuro que no esté marcado por la precariedad y la incertidumbre.
Y ninguna “batalla cultural” alcanza para tapar esa realidad.