Por Romina Amaya
El hallazgo sin vida de Nancy Estela Godoy, docente de la Escuela N° 626 de Esquina, Corrientes, puso fin de la manera más trágica a una búsqueda que mantuvo en vilo a su familia, a sus colegas y a toda su comunidad educativa. La causa ya cuenta con cinco imputados por femicidio y volvió a exponer una realidad brutal: en Argentina, ser mujer sigue siendo un factor de riesgo y la violencia machista continúa cobrándose vidas a pesar de años de denuncias, avances en políticas públicas y retrocesos.
La conmoción fue tal que obligó a la CTERA a convocar a una Jornada Nacional de Duelo con paro, movilizaciones y acciones en todo el país para exigir justicia por Nancy. En Jujuy, el CEDEMS adhirió a la medida entendiendo que no se trata de un caso aislado sino de un hecho que golpea al conjunto de la docencia.
¿Pero qué más hay detrás de la muerte de Nancy?
Aquí aparece otra discusión que raramente ocupa los titulares: las condiciones en las que trabajan miles de docentes rurales en Argentina. Durante décadas se construyó una narrativa romántica sobre quienes enseñan en las escuelas más alejadas. Se habla de sacrificio, de entrega, de compromiso y de vocación. Se exalta el «hacer patria». Sin embargo, detrás de ese discurso solemne suelen esconderse kilómetros recorridos en soledad, caminos intransitables, escuelas sin recursos, salarios de miseria y una permanente exposición a situaciones de vulnerabilidad.
La vocación se convirtió muchas veces en la excusa perfecta para que el Estado deje de hacerse cargo de sus responsabilidades. Se espera que las y los docentes lleguen donde nadie llega, resuelvan lo que nadie resuelve y sostengan instituciones que muchas veces sobreviven gracias a su esfuerzo personal. Lo que se presenta como heroísmo no es otra cosa que la precariedad naturalizada.
Nancy era una docente que como miles de maestras rurales del país, sostiene cotidianamente el derecho a la educación en condiciones que difícilmente aceptarían quienes diseñan las políticas desde un escritorio. Y aunque cada realidad es diferente, su historia vuelve a poner sobre la mesa una pregunta: ¿cuánto riesgo estamos dispuestos a aceptar como normal cuando se trata del trabajo docente?
La tragedia también ocurre en un contexto social marcado por el deterioro económico y del tejido social y el avance de discursos cada vez más violentos. «Somos testigos a diario de lo que viene sucediendo en la sociedad, de cómo la violencia y la hostilidad avanzan sobre todos los ámbitos», señaló Mercedes Sosa, secretaria general del CEDEMS. A esa realidad se suman salarios pulverizados, sobrecarga laboral y una política nacional que ha hecho del ataque a los trabajadores, a las mujeres y a la educación pública una bandera permanente.
Por eso resulta imposible desligar este crimen del contexto general. Porque cuando se degradan las condiciones de vida, cuando se desprecia la tarea docente, cuando se desfinancia la educación y cuando el discurso político como el del presidente legitima la agresión y el odio, se crea un escenario cada vez más hostil para quienes trabajan y viven de su trabajo.
También cabe una reflexión incómoda hacia las propias conducciones sindicales nacionales. No alcanza con reaccionar cuando ocurre una tragedia. La precarización docente, el deterioro de las condiciones laborales y la exposición cotidiana a situaciones de violencia no comenzaron con el asesinato de Nancy. Hace años que las y los trabajadores de la educación vienen alertando sobre una realidad que muchas veces solo se vuelve visible cuando ocurre lo irreparable.
Nancy Godoy debería estar enseñando. Debería estar preparando clases, acompañando estudiantes y construyendo futuro en su escuela. En cambio, hoy su nombre se suma a la larga lista de mujeres asesinadas por la violencia machista.
Exigir justicia es una obligación. Pero también lo es denunciar un sistema que romantiza el sacrificio docente mientras abandona a quienes sostienen la educación pública. Porque no hay nada heroico en trabajar en la precariedad. No hay nada patriótico en exponer la vida para cumplir con una tarea. Y no hay vocación que pueda reemplazar la responsabilidad del Estado de garantizar condiciones dignas y seguras para enseñar y vivir.