Por Romina Amaya
Medios, redes y algunos analistas ponderan a los ejércitos digitales como una extensión del territorio, y lo son: el poder también se disputa en el terreno de la percepción. Pero esa explicación resulta insuficiente para comprender lo que pasó en Brasil. Durante años, las derechas, respaldadas por los grandes grupos de comunicación y las plataformas, construyeron poder apoyándose, sobre todo, en la capacidad de proyectar una fuerza mayor a la que demostraban en las calles. En las redes, un sector bien coordinado puede parecer más grande de lo que es, y esa apariencia, medida en alcance y visualizaciones, se tomó muchas veces como prueba de fuerza. Bastaba con que pareciera real. En esta elección, esa lógica chocó con algo que no se fabrica en las redes: la gente en la calle.
Por qué se sobrevalora lo digital
La preponderancia de lo digital sobre lo territorial no es un error de percepción sin causas. Tiene una lógica económica y política. Organizar territorio exige tiempo, militantes, sindicatos y estructura, justo lo que los partidos tradicionales fueron perdiendo en buena parte del mundo. Una campaña en redes llega a millones con una fracción de ese esfuerzo y, además, entrega números inmediatos: alcance, visualizaciones e interacciones. En un momento de debilidad orgánica, lo digital aparece como el sustituto disponible y lo medible se confunde con lo real.
Además, esa capacidad de fabricar apariencia conviene a quienes administran esos canales: los grupos de comunicación y las plataformas le venden al poder político la promesa de que la influencia se puede producir, y su negocio depende de que esa promesa se crea. A eso se sumó la lectura de los éxitos recientes de la derecha, que reforzó la idea de que la clave estaba en las redes, dejando de lado otros factores. Un sector bien coordinado puede parecer una mayoría en pantalla; en la calle, el tamaño real queda a la vista.
Lo que no cambió y lo que sí
La comunicación digital, por sí sola, no alcanza para explicar el giro en Brasil. Las herramientas que usó la campaña de Lula existían desde hace tiempo: canales masivos de WhatsApp, redes de militancia digital, influencers y contenidos segmentados. Tras la primera vuelta, la campaña las reforzó, pero con instrumentos conocidos. Experiencias similares se ensayaron en otros países, como en las presidenciales argentinas, con resultados dispares. Si el instrumento era equivalente, la diferencia no está en el instrumento, sino en lo que hay detrás: una base organizada que respalde lo que se dice en pantalla.
Lo que sí agregó este balotaje fue una escala distinta. Por un lado, la tensión creciente entre las plataformas y la disputa política: la campaña de Lula denunció ante el TSE que Meta limitaba el alcance de su cuenta de Instagram, algo que la empresa negó y atribuyó a fallas, aunque mensajes internos admitieron que la cuenta estaba restringida. Esa tensión coincidió con una masificación inédita de la discusión electoral en redes. Por otro, el apoyo de artistas, intelectuales y personalidades internacionales le dio a la elección brasileña una repercusión global pocas veces vista fuera del caso estadounidense. Pero todo eso amplificó. Lo que parece haber inclinado la balanza fue otra cosa: la reactivación de la movilización callejera.
La calle como contrapeso
En los últimos meses se multiplicaron las protestas masivas en distintos países, desde España y Francia hasta Albania y Serbia, e incluso en Estados Unidos con No Kings. Cada una tiene sus particularidades, pero comparten una convicción: que la acción colectiva puede arrancar conquistas concretas a gobiernos cada vez más cuestionados.
Francia es un buen ejemplo. Las protestas estudiantiles forzaron a Macron a hacer concesiones inmediatas en materia educativa, como el nombramiento de 3.000 profesores suplentes y la contratación de varios cientos de maestros adicionales para cubrir las plazas vacantes reclamadas. Pero la movilización no se detuvo porque la crisis educativa fue apenas el detonante. Detrás había un malestar más profundo, hecho de precariedad, de dificultad para proyectar un futuro y de la sensación de que las nuevas generaciones viven peor que las anteriores.
Brasil también llegó a la elección atravesado por una experiencia reciente de lucha social. El reclamo por el fin de la escala 6×1, seis días de trabajo por uno de descanso, nació de un video viral en 2023 y se volvió una demanda nacional cuando el movimiento Vida Além do Trabalho lo llevó a los lugares de trabajo, a los sindicatos y a las calles. Las redes pueden encender una demanda, pero esta solo se convierte en fuerza política cuando se organiza. La combinación de organización digital, respaldo sindical y movilización popular mostró que la movilización tiene capacidad para obligar a sus adversarios a moverse, a dar respuesta.
Después vino la primera vuelta y, con ella, un golpe a la narrativa oficialista: Lula quedó segundo, con alrededor del 45% frente al 47% de Flávio Bolsonaro, a contramano de las encuestas, que lo daban adelante. El clima de inevitabilidad parecía instalado. Pero lo que siguió no se resolvió solo en las redes. El espacio de Lula recuperó impulso digital, sí, en parte, y también a través de movilizaciones masivas. Incluso Lula agradeció públicamente a quienes salieron a las calles. El bolsonarismo también movilizó: una semana antes del balotaje, decenas de miles de sus simpatizantes se concentraron en la avenida Paulista.
La diferencia es que esta vez Lula volcó a la calle su capacidad de movilización social en el momento electoral clave. En los días previos a la votación hubo marchas en distintas ciudades, tanto en apoyo a Lula como en rechazo al proyecto político del bolsonarismo, y esa presencia rompió la sensación de inevitabilidad que la derecha había construido tras su triunfo inicial. Mostró que existía una base social dispuesta a defender derechos democráticos y sociales. Lula da Silva ganó el balotaje en Brasil y fue elegido presidente. Con más del 51% de los votos, el actual mandatario logró una remontada histórica sobre Flávio Bolsonaro, que se quedó con el 48%.
Lo que la Argentina tiene para mirar
Por eso, el triunfo de Lula no puede entenderse únicamente como el resultado de una campaña electoral. Hubo una estrategia política y comunicacional, por supuesto: tras la primera vuelta, la campaña reforzó su frente digital con figuras como André Janones, creador del canal Exército do Lula en WhatsApp, y la joven diputada electa Ana Elisa. Además, la canalización de la movilización por la vía institucional también formó parte de esa estrategia. Pero el resultado todo eso porque fue también la expresión de una sociedad que decidió movilizarse e intervenir activamente para evitar que el ajuste, la pérdida de derechos y que el deterioro de las condiciones de vida se convirtieran en el horizonte de millones de brasileños.
Ahora, cuando muchos intentan extraer conclusiones y creen encontrar en los ejércitos digitales la única solución a los problemas electorales, es necesario ser conscientes de que esa experiencia no se traslada mecánicamente a la Argentina. El escenario regional puede compartir rasgos comunes, pero nuestra historia reciente es diferente. Lo que en Brasil aparecía como una advertencia, aquí se convirtió en realidad con la llegada de Milei al gobierno.
La ultraderecha también construyó en nuestro país una poderosa maquinaria digital, capaz de instalar agenda, estigmatizar adversarios y presentar la movilización popular como un problema antes que como una herramienta de transformación social, lo vemos, lo vivimos. Pero su ascenso no se explica únicamente por las redes: expresa también la crisis de representación, el desgaste de las fuerzas tradicionales y el profundo malestar social acumulado durante años. ¿Acaso esa crisis se resolvió?
Lo que nos toca ahora no es copiar recetas ajenas ni buscar atajos tecnológicos. La tarea es sacar conclusiones objetivas, sacudirnos el polvo y las telarañas de muchas prácticas políticas y comunicacionales que ya no alcanzan, y reconstruir herramientas capaces de dialogar con la realidad actual, combinando redes y organización en el territorio del descontento.
El 2027 parece lejano, pero está mucho más cerca de lo que creemos.