Dicen que el crimen perfecto no existe, pero en Jujuy esa máxima parece desmentirse. Aquí persisten casos que ya han atravesado más de una década sin resolución, como si el tiempo se hubiera detenido en torno a ellos. Entre los más estremecedores, tres femicidios se destacan no solo por la brutalidad con que fueron perpetrados contra mujeres pobres, sino también por el silencio, el estancamiento y la inacción de una justicia que aún no logra esclarecerlos.
Rosa Aliaga —Rosita— fue asesinada el 29 de mayo de 2015 en su domicilio del barrio La Merced, en Libertador General San Martín. Tenía 53 años, era comerciante, había enviudado dos años antes y al momento de su muerte estaba iniciando una nueva relación.
El 12 de mayo de 2014, Rosalía Quiroga salió de su vivienda en el barrio General Savio de Palpalá, donde convivía con su ex pareja y sus dos hijos. Nunca regresó. Antes de esa fecha había denunciado en varias ocasiones la violencia de su ex, denuncias que quedaron en la nada.
Uno de los casos más brutales ocurrió en mayo de 2011: Katty Vilte, de apenas 16 años y también de Palpalá, fue violada, asesinada y sus restos incinerados. Según sus familiares, entre tres y cuatro personas estuvieron con ella en el momento del hecho, pero ninguna fue investigada.
Más de diez años han pasado desde entonces. Diez años de madres, hermanas, amigas y comunidades enteras exigiendo saber qué pasó, reclamando que la justicia actúe, luchando contra el olvido y reviviendo cada aniversario el dolor de la ausencia.
Por eso, desde este medio decidimos recordar sus nombres y sus historias, y volver a exigir justicia. Lo haremos en tres entregas, una por cada caso, para que la memoria no se apague y para que la deuda de verdad y justicia siga interpelando a quienes deben responder.
LA JUSTICIA NUNCA LLEGÓ PARA ROSITA ALIAGA
Rosa Aliaga —Rosita— fue asesinada el 29 de mayo de 2015 en su domicilio del barrio La Merced, en Libertador General San Martín. Tenía 53 años, era comerciante, había enviudado dos años antes y estaba iniciando una nueva relación. La violencia con la que fue atacada aún genera preguntas: ¿quién podría haber querido hacerle algo así?
Su hermano Carlos la recuerda como una mujer trabajadora y profundamente dedicada a su familia. Desde muy joven se desempeñó en distintos oficios —en una tienda, una verdulería y una librería de Libertador— y como hermana mayor siempre estuvo atenta a las necesidades de sus padres y hermanos. Se casó a una edad avanzada, pero nunca perdió el vínculo cercano con su familia.
Tras enviudar, abrió una regalería en el centro de la ciudad, negocio que sus hermanos ayudaron a sostener. Durante casi un año convivió nuevamente con sus padres porque no se animaba a estar sola. Al momento de su femicidio llevaba dos años de viudez y seguía en contacto diario con su familia.
Carlos recuerda que Rosita era muy reservada respecto a su vida privada. Sus hermanos desconocían que había iniciado una nueva relación hasta que una vecina comentó que la visitaba un hombre, quien fue detenido la misma noche en que se halló el cuerpo. La última vez que Carlos la vio fue el día anterior a su asesinato, cuando conversaron brevemente en un local. “Recuerdo de ella esa sonrisa, siempre estaba atenta. El 25 de mayo fue el último cumpleaños que compartimos, el de mi hermano Juan Ramón. Ella organizaba todo, reunía a la familia y a los sobrinos”, rememoró.
La ausencia de Rosita marcó profundamente a su familia. Carlos necesitó apoyo psicológico y encontró en la Iglesia un espacio de alivio y fuerza, pero también asumió el rol de sostener la lucha por justicia. La liberación del principal sospechoso, tras once meses de detención, dejó a la familia con una sensación de impotencia: “Es un pueblo tan chico y acá dicen que nadie vio nada”, lamentó.
El propio Carlos relató con crudeza lo que ocurrió aquel día: “Ella fue brutalmente asesinada en su hogar. Primero le dieron un golpe en la cabeza con un ventilador, luego la atacaron con un cuchillo en el cuello. Después la arrastraron hasta el fondo de la casa y la sepultaron. Nosotros la buscamos esa tarde y la encontramos junto a la Policía”.
Hoy, Carlos asegura que lo invade una mezcla de impotencia y desilusión. Han pasado más de diez años y la justicia no ha dado respuestas. La causa permanece en la fiscalía de Libertador General San Martín, sin avances ni novedades. El dolor se profundizó cuando su madre falleció en febrero del año pasado, llevándose consigo la esperanza de conocer la verdad. “Se fue sin justicia, esperando hasta el último momento ese día que nunca llegó”, expresó.
Para la familia, cada jornada es un recordatorio de lo que le hicieron a Rosita y de la espera interminable por saber qué pasó. A esa herida se suma la culpa de sentir que no pudieron hacer más para obtener justicia, una carga que ninguna familia debería llevar después de tanto dolor. La historia de Rosita Aliaga sigue siendo, hasta hoy, un símbolo de la deuda pendiente en Jujuy.